El Deportes Quindío ha sido la
parte más sensible de todos los nacidos en este próspero departamento; sin
embargo lo que más se quiere muchas veces no es el objeto de la mayor atención.
Esto es lo que pasa con el cuadro profesional de nuestro departamento y
prácticamente ha sido una constante a través de todo el tiempo de su existencia,
desde el mismo momento de su creación en el año 1955 hasta nuestros
días.
El cuadro profesional de
Armenia nació producto del esfuerzo de un grupo de particulares quienes de
manera quijotesca alcanzaron la hazaña de fundar una insignia amada y llevarla
al título en 1956.
Ellos, los gestores de un
sentimiento llamado Deportes Quindío, quienes con las uñas además construyeron
el viejo y amado estadio San José, merecen un reconocimiento
especial.
Ya han pasado 51 años y algunos
meses de aquel título y todavía no pudimos los protagonistas de las generaciones
que vinieron, superar el listón tan alto que nos dejaron entonces los forjadores
de aquel sueño que se materializó por el empuje y el hambre de gloria de quienes
lo animaron y se estancó en la resaca de la celebración de aquella vieja y
añorada estrella.
Antonio Hadad, Alfredo Sanín
Botero, Roberto Restrepo Escobar, John Vélez Uribe, Josué Moreno Jaramillo,
quien aún existe y otros que por cosas relativas del tiempo se han marchado con
su cargamento de gloria hacia el mundo inescrutable del silencio, pero que se
han inmortalizado a través de las décadas, seguramente esperan que los intentos
por hacer del equipo profesional cafetero un club con nombre y mucho prestigio,
revivan.
Cuyabros, cafeteros,
milagrosos, como se nos diga en el argot futbolístico, el Deportes Quindío no
deja de ser una ilusión que portaron en sus camisetas jugadores insignia como
Dante Páez y Roberto Urruti, en el comienzo de la historia.
Mismo sentimiento que acogieron
más tarde, Orlando Meza, Alfonso Tovar, Pedro Alzate, Julio Gómez, Américo
Tisera, Carlos Medrano, Alcides Saavedra, entre otros
emblemáticos.
Después, en una época moderna y
si se vale más reciente, con orgullo tenemos que recordar a Darío Campaña, Darío
Erramuspe, Ariel Aré, Lorenzo Frutos, Rubén Darío Hernández, Jorge Taberna, Juan
Eugenio Muriel, Jorge Hernán Bermúdez, Oscar Córdoba, entre otros.
Más tarde, ya en la década del
noventa y para recordar aquella campaña del segundo semestre de 1997, guiado por
el colombo-argentino Oscar Quintabany, el Quindío vivió tal vez el último y gran
sueño, siendo la revelación y el protagonista del torneo en la búsqueda de la
segunda estrella, la misma que se fue en escasos segundos pero que dejó sembrada
la ilusión 'del otra vez será'. En esa memorable campaña no se puede olvidar a
Daniel Tilger, Jorge Victoria, Juan Guillermo Villa, Carlos Ortiz, Daladier
Ceballos, Plácido Bonilla, Alex Posada y nuevamente Rubén Darío
Hernández.
Un Quindío milagroso porque
sobrevivió al terremoto del año 99, luego se fue a la B y en tan solo diez meses
recuperó la categoría, volvió con las ganas de ser protagonista pero la apatía e
indolencia de muchos ha sido un factor predominante.
Pero ello no ha sido óbice para
que la historia del cuadro cafetero se siga escribiendo cada día, la misma que
ha ganado importancia en la medida que grandes hombres han pasado por esta
institución. No hay que olvidar a los jugadores de la época contemporánea que
han ayudado a marcar esa historia fiel a los sacrificios, penurias y alegrías
como Hugo Rodallega, Edixon Perea, entre otros que emergieron al balompié
internacional.
En esta década, no muy fácil en
resultados deportivos como tampoco en el aspecto económico, la historia se ha
marcado recientemente por la clasificación del equipo de Armenia, por primera
vez en diez años, a una semifinal.
El gestor en el plano deportivo
es Néstor William Otero Carvajal, quien lidera a un puñado de jóvenes a quienes
les ha sabido vender la idea de creerse grandes en un torneo marcado por la
irregularidad, al punto de tener al goleador del torneo, Iván José Velásquez
Wilches con trece tantos.
No importa quien lidere o
administre este sentimiento llamado Deportes Quindío, no importa si a veces las
cosas no se dan, pero al hijo aunque sea el más descarriado se le ama de manera
incondicional. No importa quien rija los destinos económicos, lo que realmente
importa es que se recupere ese sentido de pertenencia ausente desde el año
siguiente desde que el Quindío alcanzó su última y única
estrella.